Reportaje de Miguel Ayala en El dominical, suplemento semanal de los diarios canarios El día y La Provincia

LOS VÉRTICES DEL CORAZÓN

A modo de cartas de amor, Fernando Maquieira refleja en dos proyectos fotográficos su flechazo con La Palma y el resto de Canarias, territorio donde el prestigioso cámara manchego ha iniciado un trabajo sobre la geografía cultivada.

Si hay algo que el fotógrafo Fernando Maquieira ha comprobado durante sus 45 años de vida profesional es la imprevisible magia que en ocasiones se genera entre un espacio y el objetivo de su cámara; un flechazo que, entre otros lugares, le unió a México, Argentina o Italia y desde 2005 volvió a sucederle con Canarias en general y la isla de La Palma en particular, un territorio donde el manchego ha centrado dos de sus últimos trabajos y, también, es el punto de partida del próximo proyecto en el cual este profesional de Puertollano aborda el paisaje cultivado «entendiendo el espacio agrícola como una arquitectura de la alimentación; como un territorio construido para sostener la vida», dice, y que tras la geografía palmera le llevará por el resto del Archipiélago antes de continuar por la Península.

«He fotografiado muchos lugares y he trabajado en contextos muy distintos, pero en Canarias y especialmente en La Palma hay algo que me parece realmente singular: la relación tan directa entre el territorio y la vida», explica este autor que tiene publicados once libros monográficos de sus proyectos personales y cuya obra se encuentra en prestigiosas colecciones de fotografía como Fundación Mapfre (Madrid); Musée Rodin (París); Centro Niemeyer (Avilés); Museo Nacional de Antropología (Madrid); Real Academia de España en Roma o, entre otros espacios, el Patronato de la Alhambra y Generalife (Granada).

A modo de cartas de amor, dos son los trabajos de Fernando Maquieira en los cuales La Palma es la gran protagonista: La isla de la esquina y El código de las formas, instalación que hasta abril de este año se puede visitar en el Aulario de la Casa de la Arquitectura (Madrid).
«Las imágenes de ambos trabajos las realizo a partir de 2016, cuando empiezo a trabajar de forma continuada en La Palma. Desde entonces», cuenta, «he ido fotografiando la Isla en distintos viajes y fases, y los proyectos han ido tomando forma con el tiempo: El código de las formas está más centrado en la arquitectura popular y La isla de la esquina propone un recorrido más amplio por elpaisaje volcánico, oceánico y construido».

Formado en el estudio del fotógrafo Fernando Gordillo, destacado representante de la Escuela de Madrid a cuyas órdenes y con apenas 16 años comienza Maquieira a trabajar, prosigue explicando cómo desde que conoció La Palma «he ido viajando» a la Isla «dos o tres veces al año dedicando tiempo a explorarla y mirarla con calma. En muchos de esos recorridos me ha acompañado mi amigo palmero Antonio Lorenzo y esa manera de caminarla y entenderla desde dentro ha sido clave en el proceso».
«Aquí», dice sobre la Isla Bonita, «el paisaje no es un fondo; es una presencia constante que condiciona la arquitectura, los cultivos, los recorridos, los ritmos y hasta la manera de mirar. En La Palma, además, conviven muchas capas a la vez: lo volcánico, lo agrícola, lo oceánico, lo doméstico. La arquitectura popular, por ejemplo, tiene una identidad muy marcada porque está hecha con oficio y una inteligencia práctica. Cada casa guarda la huella de quienes la han vivido. No es una isla decorativa», opina. «Es una Isla muy genuina y expresiva llena de signos, de memoria y de trabajo».
El fotógrafo destaca que «a pesar de su limitada extensión uno puede volver a los mismos lugares durante años y seguir encontrando cambios, repeticiones, detalles y lugares nuevos. Esa mezcla de límite y densidad hace que me interese dedicarle tiempo porque no se agota y porque cada vuelta te devuelve otra lectura del territorio».
De esa observación del territorio nace, precisamente, el trabajo que en la actualidad desarrolla Fernando Maquieira y con el cual pretende recorrer todo el Archipiélago para fotografiar lo que define como «territorios construidos para sostener la vida», dice acerca de su nuevo acercamiento a la geografía canaria «para mirar el paisaje cultivado como si fuera una forma de arquitectura. Me interesa lo que podríamos llamar una arquitectura de la alimentación; es decir, bancales, terrazas, muros de piedra, caminos, canales, pequeños depósitos… Son formas hechas con tiempo, con esfuerzo y con conocimiento práctico que además muchas veces han modelado el paisaje tanto como cualquier edificio».
El manchego cree que en Canarias esa huella es muy visible. «Me atrae especialmente la agricultura en terrazas porque no solo es una solución técnica sino también es un tipo de memoria. Cuando esos cultivos se abandonan, queda una especie de cicatriz en el terreno: la marca de lo que fue un modo de vida, de trabajo y de relación con la tierra. A veces el paisaje sigue hablando de esa actividad aunque ya no esté presente», de ahí que Canarias tendrá un papel importante en el proyecto «porque aquí el territorio cultivado no es un decorado: es una historia escrita sobre la pendiente. Mi intención», asegura, «es fotografiar esa tensión entre lo que permanece y lo que desaparece; entre lo productivo y lo abandonado; entre la necesidad y la belleza… Al final, igual que en las viviendas populares de El código de las formas, lo que me interesa es cómo el tiempo deja huellas en los muros, en los colores… o en la tierra».

Maquieira ha desarrollado su trayectoria como fotógrafo profesional en estrecha colaboración con artistas, arquitectos, diseñadores, comisarios, editores y renombradas instituciones culturales y editoriales como Museo Nacional del Prado, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Colección Banco de España, Fundación Mapfre, Ivorypress o Taschen. Además, sus imágenes han sido expuesta en diversos espacios culturales, festivales de fotografía internacionales, galerías y museos de fotografía en España, Italia, Lituania,Bélgica, Sudáfrica, Rumanía, México… Un periplo global que quizá no habría sido posible transitar sin su experiencia junto a Fernando Gordillo de quien dice haber aprendido «sobre todo el oficio: la disciplina, la importancia de la luz, mirar antes de disparar y de tomarse el tiempo necesario. Con él entendí que la fotografía no es solo inspiración sino también es trabajo, método y constancia pero quizá lo más importante que me enseñó es cómo se puede construir una trayectoria sólida combinando una carrera profesional con un trabajo personal; que el encargo y la investigación artística no tienen por qué estar separados y que la fotografía puede ser a la vez un modo de vida y una forma de pensamiento», asegura.

Son muchos «y no solo fotógrafos», matiza Maquieira, quienes han enriquecido su forma de mirar a través del objetivo de la cámara. «Empezando por los grandes clásicos, claro, pero también escritores, artistas y cineastas. Al final», admite, «todo lo que miras y lees acaba entrando en tu manera de trabajar pero con el tiempo me he dado cuenta de que quienes más me enriquecen de verdad son mis amigos fotógrafos. Pasar horas con ellos hablando de arte, cine, literatura y fotografía pero, sobre todo, analizando nuestros trabajos con honestidad es una escuela continua. En ese intercambio es normal que nos inspiremos unos a otros. En mi caso, por ejemplo, han sido muy importantes las conversaciones y miradas cercanas como las de José Guerrero, David Jiménez y Paco Gómez».

Retomando su relación con Canarias, Fernando Maquieira cuenta que esa «curiosidad» por el Archipiélago «nació en 2005, cuando participé en Fotonoviembre con mi serie sobre la Alhambra. El vínculo», continúa relatando, «llegó en 2016 cuando volví a las Islas y empecé a trabajar en La Palma. Desde entonces fotografío su paisaje y su arquitectura recorriendo el territorio y volviendo a los mismos lugares. Con el tiempo entendí su memoria construida: una arquitectura popular levantada con inteligencia práctica, hecha más por manos y oficios que por los propios arquitectos».

«Me considero islómano, como decía el poeta canario Luis Álvarez Cruz», asegura el manchego. «Aunque no soy canario, las Islas siempre me han atraído por su belleza, su misterio y su límite. Además, despiertan en mí algo muy profundo: esa sensación de territorio aparte, casi irreal, que alimenta la imaginación, la literatura, el cine y a múltiples prácticas artísticas. La Isla aparece una y otra vez como escenario mental: un lugar de promesa o de peligro, de utopía o de encierro, de aventura o de desaparición».

«Totalmente», contesta Maquieira cuando se le plantea que observando su trabajo, donde presta igual atención a la inmensidad de un país como México que a una serie de fotografías sobre hormigas, resulta una evolución casi natural el interés en un espacio tan reducido como La Palma. «Mirado con distancia tiene sentido. Mi trabajo», dice, «siempre ha ido alternando escalas: del viaje y el territorio amplio al detalle y lo mínimo, de lo monumental a lo cotidiano. Y Canarias, por su dimensión y por su intensidad, encaja muy bien en esa evolución porque es un lugar donde lo pequeño contiene mucho y donde cada fragmento habla del conjunto».

Volviendo a El código de las formas y La isla de la esquina admite que del total de imágenes realizadas en Canarias «siempre hay muchos descartes, claro». «Después del trabajo de campo viene casi otra parte igual de importante: el de edición. Ahí es donde selecciono, depuro y doy forma al material pensando qué imágenes se sostienen por sí solas y cuáles funcionan mejor en relación con otras», añade antes de concluir confesando con un escueto «estoy trabajando en ello» si habrá posibilidad de disfrutar en Canarias de sus trabajos sobre las Islas.

EL ARTE DE MIRAR

En tiempos de postureo y artisteo efímero llama la atención que profesionales como Fernando Maquieira (Puertollano, 1966) no emplee ni una sola vez el término obra para referirse a sus fotografías. Trabajo y oficio, sin embargo, se repiten a lo largo de la entrevista con este reputado cámara al cual le enriquece más la experiencia que aporta el simple hecho de mirar, cualidad diferenciadora entre quienes viven el arte y aquellos que viven del arte. Maquieria es un ejemplo claro de ese primer grupo.

Con sus alrededor de 60 años se ha mostrado tan ilusionado con la publicación de este reportaje como un niño estrenando zapatos nuevos, algo curioso cuando se trata de un personaje con 11 libros monográficos sobre su producción fotográfica ya publicados. Formado en diseño gráfico, casi estaba igual de feliz con el contenido de este reportaje que con participar en la maquetación de las páginas. «Una mala maqueta puede cargarse un buen trabajo», dice.

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